La noche en la ciudad había llegado como acostumbraba ocurrir en las épocas invernales en Skylia. Las viejas neblinas procedentes de las montañas azules de Dharum, al norte del gran lago Émicron y aún más allá del profundo bosque de Burab, tierra de narguaks donde el rey de los enanos de hielo, T´har-Ho Ojos de Lagarto regenta su trono, empezaban a cubrir con una capa densa y grisacea la Plaza de los Victoriosos.
La estatua de Erik Dragón Lejano, desprendía una mágica fluorescencia acentuada por los graciles y rapidos vuelos de las luciernagas que revoloteavan a su alrededor.
A través de mi ventana pude ver a Rimm cerrando la taverna y, a lo lejos las luces de Valydor empezarón a alumbrar las tristes callejuelas del barrio próscrito de Atendum.
Desde la última gran guerra, después de salir victorioso nuestro pueblo en la batalla por Eredian en las valles de Fúsar al noroeste de Émoro, nunca hemos vivido más en paz que ahora.
Los Borks se alejarón a tierras lejanas del sur. El Barón Supremo Uo'ak se arrollidó a los pies de nuestro rey, una vez su mano derecha fue seccionada por el filo de La Resplandeciente.
De todo esto, ya han pasado más de quinze yorinn...Y, los Elvar, los elfos sombríos de Sábordin, siguen siendo unos enemigos a tener en cuenta.
Los Elvar fuerón vílmente traicionados por la Legión Purpura bajo la defensa de Sarerim, la ciudad colgada. Su rencor hacía nuestra raza, está más que justificada...Ummm, ya estoy volviendo a divagar. - dijo cabizbajo y entredientes mientras volvía a dipositar su pluma dentro el tintero. A veces olvido que solo és un simple diario.
Hace mucho tiempo que quería dejar constancia y una especie de legado a mis hijos Iagorán y Iadannia. Soy un poco vanidoso o presuntuoso, lo sé. Entonces, como todo, deberé empezar por el principio, no creeis...
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